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Nuestra Navidad: Ayer, hoy y mañana

            Ni es “Egun On” una revista como para largar al buen lector un estudio histórico denso, ni hay espacio para ello.

             Pero cuando comienzan a sonar, llenando el aire del a urbe, de nuestro agro y de las almas, las campanas navideñas, bien está traer aquí la vibración de las de ayer, con su solera, las que ahora suenan, y también intentar una mirada al mañana.

             En este pueblo en el que se definió al vasco como hombre de Fe, diciendo “Euskaldún, fededun” –el que habla euskera es creyente- la Navidad ha sido siempre la breve y entrañable etapa de cada año que entre nieblas de misterio nos hace sentirnos alegres, fraternos, nos abre el corazón anchamente, nos da una suave y profunda felicidad.

             Como cada tribu, cada hombre, cada pueblo, expresa la alegría y la Fe con expresiones que nacen de lo hondo de su manera de ser, si contemplamos qué ha sido y qué es la Navidad en el pueblo vasco, aparecen tres elementos claros dominantes: la alegría, la canción, el buen comer.

            Parece que en estos días y pese al cambio de los tiempos, vivimos la forma de sentir, como el júbilo de los pastores que en las tierras de Belén recibieron el mensaje abierto del “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.  

            Pero como escribió el poeta italiano Manzoni al intentar explicar el hecho singular de que los apóstoles de Cristo hablaban un idioma solamente y todos lo entendían,

 

diciendo que sucedió como sucede con la luz, que no tiene color y hace brillar los distintos colores de la Naturaleza y las cosas, no tenemos nosotros una universal expresión de la Navidad, que se vivió de manera igual en el alma, pero de muy diferentes maneras en la canción, la fiesta que celebra a Emmanuel.

            Quizá el antecedente más antiguo, perdido en la niebla de los siglos, sea el “Olentzero”, un rito simbólico que ha pervivido entre las gentes del Pirineo vasco, y que ahora se está extendiendo por todo el País, aunque no con la fortuna que debiera acompañarlo, y completando en los lugares que se celebra, entre danzas y cantos, irrintzis, este rito que quizá viene de una época pagana, con la cristianización de “Nacimientos” vivos incluidos en las comitivas que recorren, plenas de juventud, nuestros pueblos y ciudades.

            Una característica idéntica en todo el País Vasco, es el comenzar a vivir la Navidad con caciones en el viejo idioma, de letrillas ingenuas y expresivas, en la tarde del día en el que se conmemora el nacimiento de Cristo.

            De esta tradición del cantar en ronda, en Nochebuena, detaca, con una tradición conocida desde hace al menos quinientos años de data, la de los “Marijeses” de Gernica: nueve días antes de la Nochebuena, un grupo de hombres guerniqueses salen a las cuatro de la madrugada de casa, y va cantando melodías heredadas generación tras generación durante dos horas.  Un grupo de unas cincuenta voces, fiel a la tradición que se mantiene viva, con sacrificio gustoso, el del madrugón, y el de trabajar después normalmente.  En la revista “Dantzari” un joven, culto y enamorado de su tierra, José Antonio Arana, va a publicar esas melodías con letras naturalmente en euskera.  Varias de ellas las recogió el inolvidable don Resurrección María de Azkue.

            Una gran riqueza de melodías navideñas se ha perdido, aunque se trabaja ahora en revivirlas y con ellas la tradición.

            Cara a la mesa navideña, la tradición más extensa, incluso en Bilbao, es la de comer caracoles.  Como ya no hay tantos como antes, para todos los que quieren comer este plato en la “gaba-ona”, se van recogiendo con tiempo, y se engordan con pienso, en cajas.

            ¿Cuál será el futuro de la celebración de las Navidades?

            No es fácil el pronóstico.  Sí se ve claro que hay un afán de recuperación de las viejas tradiciones, noble heráldica de nuestro pueblo.  Y posiblemente se incorporarán nuevos modos de celebración, que Dios quiera que sigan conservando, con la solera de lo antiguo y bueno, el espíritu que animó a nuestros lejanos antepasados: lo que está bien claro es que la valoración deseable de lo propio es una corriente positiva, inserta en el afán de renacimiento del alma vaca, tan acosada por olvidos y persecuciones a lo largo de los últimos ciento cincuenta años.

            Se está produciendo el hecho que un amigo mío, en la más dura etapa de la vida de nuestro pueblo, cuando parecía que íbamos a desaparecer, me dijo, como una profecía: “Los vascos sois como un bosque.  Llega la tormenta, caen muchos árboles, hay truenos y rayos; pero el temporal pasa, y los árboles que quedan son más fuertes y el bosque, en poco tiempo, más grande y fuerte”.

            Así sea.

 

MIGUEL ANGEL ASTIZ

 

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