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El verdadero nombre de la calle Nueva es el de "San Vicente Martir"

            Uno de los casos más curiosos que se han dado en la historia del nomenclátor urbano de la villa de Bilbao, es, sin duda alguna, el de la “Calle Nueva” del Casco Viejo, ya que habiendo sido bautizada oficialmente con el nombre de “San Vicente Mártir”, sin embargo no llegó a usarse dicho nombre y prevaleció, desde el primer momento, la denominación popular, derivada del simple hecho de haberse abierto esta calle a mediados del siglo XVIII, desde la de Jardines hasta la de la Ribera.  Como era, entonces, la “nueva” rúa o calle que se establecía en la topografía urbana, la gente, el pueblo de Bilbao (que, entonces, era solamente el del Casco Viejo de nuestro tiempo), la llamó con ese elemental nombre de Calle Nueva o nueva calle de la Villa, exactamente igual que, en el ensanche del siglo XVI, empezó a nombrar como “Bide-barrieta” al camino nuevo que se había abierto desde la plazuela de Santiago al Arenal, o como en el siglo XIX los bilbaínos asignaron el apellido “nueva” a la plaza porticada que venía a competir con la plaza “vieja” o del Mercado.  Pero veamos cómo se produjo lo de la Calle Nueva porque, además, es una de las calles del Casco Viejo que tiene una fecha concreta de nacimiento: el año 1740. 

            Regía los destinos de Bilbao, en ese año, el alcalde don Luis de Ybarra y Larrea, el cual, además de alcalde era “juez ordinario” de la Villa, su término y jurisdicción, es decir que tenía facultad para resolver los pleitos y diferencias entre los vecinos, en primera instancia.  Le acompañaban en el “regimiento” de la Villa, una docena de “rexidores capitulares”, es decir, de concejales, divididos, a partes iguales, en los “bancos” de San Pedro y San Pablo.  Eran estos señores, los siguientes: don Domingo Ventura de Albóñiga, don Joseph Ignacio de Azurduy, don Antonio Joseph Salazar de Muñatones, don Joseph Hilarión de Uría Nafarrondo, don Joaquín Joseph de Arriquíbar, don Bruno Miguel de Urquijo, don Domingo de Herquinigo, don Phelipe de Garma y Novia, don Joseph Manuel de Villabaso, don Gabriel de Santa Coloma, don Francisco Antonio de Larragoiti y don Juan Bautista de Guendica y Mendieta.  A los que hay que añadir el síndico procurador general de la Villa, don Lorenzo de Barbachano y el escribano-secretario don Bruno de Yurrebaso, para completar el equipo que gobernaba Bilbao en 1740.

            El día 19 de febrero de este mismo año se reunieron los citados señores para deliberar sobre varios asuntos concernientes a la Villa, o, como entonces se decía: “Para tratar, conferir y resolver cosas tocantes al servicio de ambas Majestades, divina y humana y al bien y utilidad común”.

            Que, ¿qué asuntos eran esos?... Pues por ejemplo, acordar dar una certificación a dos médicos que habían sustituido a otro en el Hospital de Bilbao, destituir a dos niños que eran tiples de la capilla de música de Santiago y encargar al maestro de la misma, don Joseph de Zailorda, que buscara otro par de ellos y les tuviese a prueba durante seis meses, bajo la tutela del músico don Domingo Fernández Carrillo; sacar a concurso las obras del presbiterio de la iglesia de Santiago; exigir fianzas a los administradores de las obras pías de la Villa, y, en fin, lo más importante en esta sesión municipal, aceptar el regalo de una calle que le hacían unos vecinos y ponerle nombre oficial a la misma. 

            Los vecinos en cuestión eran tres y se llamaban: don Diego de Allendesalazar, don Joseph Palacio y Orrantia y don Joaquín Luis de Palacio y Orueta, que eran, estos últimos, padre e hijo, respectivamente.  Los tres redactaron un escrito o memorial que firmaron y dirigieron al Consejo de la Villa, diciendo textualmente, lo siguiente:

            “Atentos hixos de V.S. con el mayor respeto exponemos a V.S., cómo, en propio terreno, y a expensas nuestras, precedida real licencia y facultad, hemos abierto una nueva calle, desde los Arenales (hoy Ribera) hasta la calle que atraviesa, de la de Santa María a la de San Miguel (hoy Bidebarrieta) y dádola en su pavimento y uniformidad, toda la hermosura que permitía el suelo, dirigiéndolo todo al mayor obsequio de V.S. y universal conveniencia de sus individuos y ahora, para último complemento de nuestra obligación, se la tributamos a V.S., suplicando, rendidos, se digne admitir esta ofrenda y distinguirla para la posteridad con el nombre que sea del agrado y complacencia de V.S. que, en la más constante felicidad, prospere Dios dilatados años, como hemos menester”.

            Por cuyo propio testimonio, queda patente, que la actual Calle Nueva, estaba hecha en febrero de 1740; que se hizo sobre terrenos privados y a expensas de tres vecinos o propietarios de tales terrenos y que éstos se la regalaron al municipio y solamente pidieron al Ayuntamiento que se dignara aceptarla y ponerle nombre.

            “En su vista –contestaron y acordaron los capitales con su alcalde al frente- admitieron sus señorías lo que se ofrece y da por dicho memorial a esta Noble Villa y acordaron y decretaron se den por ello las más especiales gracias a dichos señores y pusieron por nombre San Vicente Mártir a la referida calle para que así se llame desde hoy en adelante y que en ella, como en las demás calles públicas y comunes de esta dicha Villa, se pongan los faroles que su señoría el Sr. Alcalde considerase necesarios para que quede iluminada por el tiempo acostumbrado”.

            Desde el 19 de febrero de 1740 la nueva calle, abierta desde los Arenales (Ribera) a la de Jardines, que todavía no llevaba este nombre como se habrá advertido por el memorial de los donantes, arriba transcrito, se convirtió o adquirió el carácter de calle pública, común o municipal.  Pero lo que no nos dice el documento en cuestión (que es el acta de la sesión municipal del 19 de febrero de 1740) es la razón del nombre de San Vicente Mártir, asignado por el Ayuntamiento a la nueva calle.  La devoción a dicho Santo estaba más arraigada en la vecina anteiglesia de Abando, cuyo nombre oficial era, precisamente, el de San Vicente Mártir de Abando, siendo su festividad el 22 de enero de cada año.  ¿Por qué introducir ese nombre en el nomenclátor bilbaíno? Quizá en la nueva calle hubiese colocada alguna imagen del mismo, según era tradición de muchas calles de Bilbao,  la razón verdadera será difícil saberla nunca, puesto que al darle oficialmente ese nombre no se aclaró nada sobre el particular.  De todas formas, ese nombre oficial no tuvo ninguna fortuna, puesto que la gente no lo usó ni el propio Ayuntamiento, cuando empezó a poner rótulos fijos a las calles, se volvió a acordar del nombre que, él mismo, le había puesto y nunca derogó, pero admitiendo, en cambio, sin contradicción en nombre popular de Calle Nueva.

 

MANUEL BASAS (Archivero de la Villa)

 

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